El amor en tiempos de todos contra todos
En tiempos donde todo parece poder ser comprado o vendido, donde el Bien se confunde con el mero deseo, donde la verdad ha sido remplazada por un delirio consensuado, muchos se preguntan cuál es el papel de la pareja normal.
Por Emanuel Riff Bonino.
Desde muy jóvenes, varones y mujeres son educados por los medios y las instituciones en un miedo demencial a la procreación y un culto a una supuesta libertad que termina siendo jaula, grillete y, muchas veces, verdugo de quien la practica.
A las madres jóvenes se les hace creer que “se arruinaron la vida” si deciden no asesinar a sus hijos en gestación. Aparentemente sería una actividad realizadora practicar la fornicación y la embriaguez, por lo menos hasta los 40.
Las consecuencias son las esperadas. Recientemente en nuestro país un padre pidió a la justicia que su “ex pareja” no asesine a su hijo en gestación, cosa que finalmente sucedió. Otra mujer se suicidó frente a la casa de su “novio” luego de que éste la presionase para que aborte. Y así infinidad de inconvenientes se viven a diario gracias a esta “ética” del deseo: familias destruidas, vidas arruinadas; sociedades en ruinas.
Entre 1990 y 2003, en Argentina, por cada divorcio hubo tres casamientos civiles, pero desde entonces la relación es de solo dos casamientos por cada separación.
En este océano de ambición y egoísmo, más que nunca el ejemplo de Cristo puede ser guía y antídoto: "Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla" (Ef 5,25-26) Como nos recordaría San Josemaría “El matrimonio es una acción de Jesús, que invade el alma de los que se casan y les invita a seguirle, transformando toda la vida matrimonial en un andar divino en la tierra” (Es Cristo que pasa, 28).
No hace falta ser católico o cristiano para notar que el hedonismo está destruyendo al individuo, su familia y a la sociedad como tal. ¿Y qué mejor para salir de este laberinto que escuchar a quien se sacrificó a sí mismo? El amor en tiempos de “todos contra todos” es el amor de Dios, es el amor de siempre. No hay nada nuevo que hacer, sólo seguir Su voluntad. Que su palabra nos sirva de brújula.
A las madres jóvenes se les hace creer que “se arruinaron la vida” si deciden no asesinar a sus hijos en gestación. Aparentemente sería una actividad realizadora practicar la fornicación y la embriaguez, por lo menos hasta los 40.
Las consecuencias son las esperadas. Recientemente en nuestro país un padre pidió a la justicia que su “ex pareja” no asesine a su hijo en gestación, cosa que finalmente sucedió. Otra mujer se suicidó frente a la casa de su “novio” luego de que éste la presionase para que aborte. Y así infinidad de inconvenientes se viven a diario gracias a esta “ética” del deseo: familias destruidas, vidas arruinadas; sociedades en ruinas.
Entre 1990 y 2003, en Argentina, por cada divorcio hubo tres casamientos civiles, pero desde entonces la relación es de solo dos casamientos por cada separación.
El gran enemigo de la religión oficial y obligatoria, el progresismo, es el sacrificio. Cada estímulo que nos llega desde afuera de nuestras casas es una invitación a la cobardía de cortarse sólo, de no comprometerse. Se venden como relaciones “sanas” aquellas en las que no hay apego, en las que se plantea una contingencia a priori, esas relaciones que, hablemos claro, no son relaciones. No debería sorprendernos nada, los ideólogos de esta forma de vivir quieren prohibir hasta los abrazos.
“Mi amado es mío, y yo soy suya” (cantares 2:16). Un versículo, una pequeña dosis de verdad basta para poner en jaque al mal. La visión que sostuvo a la familia durante siglos no falla, la actual, vemos que no funciona. A contrapelo del egoísmo en todas partes profesado, se nos enseña “El amor conyugal comporta una totalidad en la que entran todos los elementos de la persona —reclamo del cuerpo y del instinto, fuerza del sentimiento y de la afectividad, aspiración del espíritu y de la voluntad—; mira una unidad profundamente personal que, más allá de la unión en una sola carne, conduce a no tener más que un corazón y un alma; exige la indisolubilidad y la fidelidad de la donación recíproca definitiva; y se abre a fecundidad”
“Mi amado es mío, y yo soy suya” (cantares 2:16). Un versículo, una pequeña dosis de verdad basta para poner en jaque al mal. La visión que sostuvo a la familia durante siglos no falla, la actual, vemos que no funciona. A contrapelo del egoísmo en todas partes profesado, se nos enseña “El amor conyugal comporta una totalidad en la que entran todos los elementos de la persona —reclamo del cuerpo y del instinto, fuerza del sentimiento y de la afectividad, aspiración del espíritu y de la voluntad—; mira una unidad profundamente personal que, más allá de la unión en una sola carne, conduce a no tener más que un corazón y un alma; exige la indisolubilidad y la fidelidad de la donación recíproca definitiva; y se abre a fecundidad”
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Sagrada Familia del pajarito (Murillo) |
En este océano de ambición y egoísmo, más que nunca el ejemplo de Cristo puede ser guía y antídoto: "Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla" (Ef 5,25-26) Como nos recordaría San Josemaría “El matrimonio es una acción de Jesús, que invade el alma de los que se casan y les invita a seguirle, transformando toda la vida matrimonial en un andar divino en la tierra” (Es Cristo que pasa, 28).
No hace falta ser católico o cristiano para notar que el hedonismo está destruyendo al individuo, su familia y a la sociedad como tal. ¿Y qué mejor para salir de este laberinto que escuchar a quien se sacrificó a sí mismo? El amor en tiempos de “todos contra todos” es el amor de Dios, es el amor de siempre. No hay nada nuevo que hacer, sólo seguir Su voluntad. Que su palabra nos sirva de brújula.




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